Aprovechando una de estas tardes del otoño hispalense que estarán añorando los dos Adrianos (el del Valle y el del mustio collado), he probado suertes en la reválida del itinerario sentimental por barrios, puentes y avenidas improvisados. Echarse a la mar callejera sin cartas de navegación es un deporte sin mundiales ni tumultos en el que también se cosechan oros, platas y bronces, pero calladamente, como se paladean los buenos vinos. Nunca defrauda este jazmín si te acercas sin pretender nada, igual que se mira, con decoro, discreción y un tsunami entre los ojos y el corazón, el escote de una mujer bella. Pero hay que ir sin planes previos, esperando cualquier respuesta —también el silencio huero. Entonces, si te lanzas a la derrota de sus calles con la curiosidad de un explorador fugitivo, siempre surgen ecos, cruces, escenas que componen el fresco costumbrista de una ciudad anclada en el toque de sirena de un vapor nostálgico, entre Carlos Cano y Antonio Burgos, ¡qué dos orillas! Vas por la calle Betis, a rebufo de la luz vespertina, y al pasar ante la comisaría oyes a un policía que gesticula en la puerta, con esfuerzo admirable por hacerse entender ante un extranjero no menos concentrado en descifrar el mensaje: «Es que aquí no tenemos Interné, ¿sabusté?». Y se te agolpan, como un panal, las incongruencias: ¿Que en la Andalucía de la noséyacuántas modernizaciones, de las TICs-tacs y los centros bilingües como rosquillas, de la fibra óptica, ernoventidó, la investigación genética de vanguardia, el AVE maría de mi arma lo que corre esto, y to pa llegá a Madrí, las comisarías de la Policía (científica o de letras)... los tentáculos de Rubalcaba no se han dotado todavía de la red de redes, la herramienta clave para progresar adecuadamente en las competencias boloñesas (qué rico) de la sociedad del conocimiento?
En la comisaría de Triana no tienen Internet, pero el puente del mismo sobrenombre sí tiene dos carriles bici, y para separarlos de la calzada, unos bordillos que parecen diseñados por el urbanista de Drácula. Tienen el mismo color que el carril bici, por lo que son perfectos para que personas mayores o simplemente distraídas se despanzurren allí mismo, como le sucedió a una señora la tarde de mi paseo.
Y ya en la calle Sierpes me daría de bruces con el desolador interrogante de una niña descarada y rauda, acompañada por otros tres rinconetes: «¿Dónde estamos?». Lo peor, con todo, fue la contestación de su cicerone: «En el centro, joé, ¿toavía no tanterao?» Inefable Sevilla.


